Levítico 20
1 Habló Jehová a Moisés, diciendo:
2 Dirás asimismo a los hijos de Israel: Cualquier varón de los hijos de Israel, o de los extranjeros que moran en Israel, que ofreciere alguno de sus hijos a Moloc, de seguro morirá; el pueblo de la tierra lo apedreará.
3 Y yo pondré mi rostro contra el tal varón, y lo cortaré de entre su pueblo, por cuanto dio de sus hijos a Moloc, contaminando mi santuario y profanando mi santo nombre.
4 Si el pueblo de la tierra cerrare sus ojos respecto de aquel varón que hubiere dado de sus hijos a Moloc, para no matarle,
5 entonces yo pondré mi rostro contra aquel varón y contra su familia, y le cortaré de entre su pueblo, con todos los que fornicaron en pos de él prostituyéndose con Moloc.
6 Y la persona que atendiere a encantadores o adivinos, para prostituirse tras de ellos, yo pondré mi rostro contra la tal persona, y la cortaré de entre su pueblo.
7 Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios.
8 Y guardad mis estatutos, y ponedlos por obra. Yo Jehová que os santifico.
9 Todo hombre que maldijere a su padre o a su madre, de cierto morirá; a su padre o a su madre maldijo; su sangre será sobre él.
10 Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.
11 Cualquiera que yaciere con la mujer de su padre, la desnudez de su padre descubrió; ambos han de ser muertos; su sangre será sobre ellos.
12 Si alguno durmiere con su nuera, ambos han de morir; cometieron grave perversión; su sangre será sobre ellos.
13 Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre.
14 El que tomare mujer y a la madre de ella, comete vileza; quemarán con fuego a él y a ellas, para que no haya vileza entre vosotros.
15 Cualquiera que tuviere cópula con bestia, ha de ser muerto, y mataréis a la bestia.
16 Y si una mujer se llegare a algún animal para ayuntarse con él, a la mujer y al animal matarás; morirán indefectiblemente; su sangre será sobre ellos.
17 Si alguno tomare a su hermana, hija de su padre o hija de su madre, y viere su desnudez, y ella viere la suya, es cosa execrable; por tanto serán muertos a ojos de los hijos de su pueblo; descubrió la desnudez de su hermana; su pecado llevará.
18 Cualquiera que durmiere con mujer menstruosa, y descubriere su desnudez, su fuente descubrió, y ella descubrió la fuente de su sangre; ambos serán cortados de entre su pueblo.
19 La desnudez de la hermana de tu madre, o de la hermana de tu padre, no descubrirás; porque al descubrir la desnudez de su parienta, su iniquidad llevarán.
20 Cualquiera que durmiere con la mujer del hermano de su padre, la desnudez del hermano de su padre descubrió; su pecado llevarán; morirán sin hijos.
21 Y el que tomare la mujer de su hermano, comete inmundicia; la desnudez de su hermano descubrió; sin hijos serán.
22 Guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra, no sea que os vomite la tierra en la cual yo os introduzco para que habitéis en ella.
23 Y no andéis en las prácticas de las naciones que yo echaré de delante de vosotros; porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación.
24 Pero a vosotros os he dicho: Vosotros poseeréis la tierra de ellos, y yo os la daré para que la poseáis por heredad, tierra que fluye leche y miel. Yo Jehová vuestro Dios, que os he apartado de los pueblos.
25 Por tanto, vosotros haréis diferencia entre animal limpio e inmundo, y entre ave inmunda y limpia; y no contaminéis vuestras personas con los animales, ni con las aves, ni con nada que se arrastra sobre la tierra, los cuales os he apartado por inmundos.
26 Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos.
27 Y el hombre o la mujer que evocare espíritus de muertos o se entregare a la adivinación, ha de morir; serán apedreados; su sangre será sobre ellos.
Bendiciones!
lunes, 3 de enero de 2011
jueves, 16 de diciembre de 2010
La Navidad
El Hogar Adventista o El Hogar Cristiano 434-439
77. La Navidad
La fiesta de la Navidad.-
"Ya llega la Navidad," es la nota que resuena por el mundo, del este al oeste y del norte al sur. Para los jóvenes, para los de edad madura y aun para los ancianos, es una ocasión de regocijo general. Pero, ¿qué es la Navidad para que requiera tanta atención?. . .
Se dice que el 25 de diciembre es el día en que nació Jesucristo, y la observancia de ese día se ha hecho costumbre popular. Sin embargo, no hay seguridad de que estemos guardando el día preciso en que nació nuestro Salvador. La historia no nos da pruebas ciertas de ello. La Biblia no señala la fecha exacta. Si el Señor hubiese considerado tal conocimiento como esencial para nuestra salvación, habría hablado de ello por sus profetas y apóstoles, a fin de dejarnos enterados de todo el asunto. Por lo tanto, el silencio de las Escrituras al respecto nos parece evidencia de que nos fue ocultado con el más sabio de los propósitos.
En su sabiduría, el Señor no reveló el lugar donde había sepultado a Moisés. Le enterró, luego le resucitó y lo llevó al cielo. Obró así en secreto para evitar la idolatría. Aquel contra quien se habían rebelado [los israelitas] mientras estaba en servicio activo, aquel a quien provocaron casi más allá de lo que podía soportar un ser humano, fue casi adorado como Dios después que la muerte lo separó de ellos. Por el mismo motivo Dios ocultó el día preciso en que nació Cristo, a fin de que ese día no recibiese el honor que debía darse a Cristo como Redentor del mundo y el único que debía ser recibido 435 y en quien se debía confiar por ser el único capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que se allegan a él. La adoración del alma debe tributarse a Jesús como Hijo del Dios infinito.*
Es difícil pasarla por alto.-
En vista de que el 25 de diciembre se observa para conmemorar el nacimiento de Cristo, y en vista de que por el precepto y por el ejemplo se ha enseñado a los niños que es en verdad un día de alegría y regocijo, os resultará difícil pasar por alto esa fecha sin dedicarle cierta atención. Es posible valerse de ella con un buen propósito.
Es necesario tratar a los jóvenes con mucho cuidado. No se les debe dejar que en ocasión de Navidad busquen diversión en la vanidad y la búsqueda de placeres, o en pasatiempos que pudieran perjudicar su espiritualidad. Los padres pueden controlar esto dirigiendo la atención y las ofrendas de sus hijos hacia Dios y su causa, y hacia la salvación de las almas.
En vez de ser ahogado y prohibido arbitrariamente, el deseo de divertirse debe ser controlado y dirigido por esfuerzos esmerados de parte de los padres. Su deseo de hacer regalos puede ser desviado por cauces puros y santos a fin de que beneficie a nuestros semejantes al suplir la tesorería con recursos para la grandiosa obra que Cristo vino a hacer en este mundo. La abnegación y el sacrificio propio caracterizaron su conducta, y deben caracterizar también la de los que profesamos amar a Jesús porque en él se concentra nuestra esperanza de vida eterna.*
El intercambio de regalos.-
Se acerca la época de las fiestas con su intercambio de regalos, y tanto los jóvenes como los adultos consideran atentamente que pueden dar a sus amigos en señal de afectuoso recuerdo. Por insignificantes que sean los regalos, es agradable recibirlos de aquellos a quienes amamos. Constituyen una demostración de que no nos han olvidado, y parecen estrechar un poco más los lazos que nos unen con ellos. . . . Está bien que nos otorguemos unos a otros pruebas de cariño y aprecio con tal que no olvidemos a Dios, 436 nuestro mejor Amigo. Debemos hacer regalos que sean de verdadero beneficio para quienes los reciban. Yo recomendaría libros que ayuden a comprender la Palabra de Dios o que acrecienten nuestro amor por sus preceptos. Proveamos algo que leer para las largas veladas del invierno.*
Libros recomendados para los niños.-
Son muchos los que no tienen libros ni publicaciones relativas a la verdad presente. Representan, sin embargo, un importante renglón en el cual se puede invertir dinero. Son muchos los pequeñuelos a quienes se debieran proveer buenas lecturas. Las series de lecturas y Poesías para el Sábado* son libros preciosos que pueden introducirse en todo hogar. Las muchas sumas pequeñas que suelen gastarse en caramelos y juguetes inútiles pueden guardarse para tener con que comprar tales libros. . . .
Los que quieran ofrecer regalos valiosos a sus hijos, nietos o sobrinos, pueden proporcionarles los libros mencionados arriba, que se destinan a los niños. Para los jóvenes, la Vida de José Bates es un tesoro; también lo son los tres tomos de El Espíritu de Profecía.* Estos tomos debieran estar en cada hogar del país. Dios está dando luz del cielo, y ni una sola familia debiera quedar privada de ella. Sean los regalos que ofrezcáis de tal índole que derramen rayos de luz sobre la senda que conduce al cielo.*
No debe olvidarse a Jesús.-
Hermanos y hermanas, mientras estáis pensando en los regalos que queréis ofreceros unos a otros, quisiera haceros acordar de nuestro Amigo celestial, no sea que olvidéis lo que él nos pide. ¿No le agradará nuestra demostración de que no le hemos olvidado? Jesús, el Príncipe de vida, lo dio todo para poner la salvación a nuestro alcance. 437
. . .Hasta sufrió la muerte, para poder darnos la vida eterna.
Mediante Cristo es como recibimos toda bendición. . . . ¿No compartirá nuestro Benefactor celestial las pruebas de nuestra gratitud y amor? Venid, hermanos y hermanas, con vuestros hijos, aun con los niños de brazos, y traed vuestras ofrendas a Dios de acuerdo con lo que podáis dar. Hónrenle vuestros corazones con melodías y alabadle con vuestros labios.*
Es tiempo para honrar a Dios.-
El mundo dedica las fiestas a la frivolidad, el despilfarro, la glotonería y la ostentación. . . . En ocasión de las próximas fiestas de Navidad y Año Nuevo se desperdiciarán miles de dólares en placeres inútiles; pero es privilegio nuestro apartarnos de las costumbres y prácticas de esta época de degeneración; y en vez de gastar recursos simplemente para satisfacer el apetito y comprar inútiles adornos o prendas de vestir, podemos hacer de las próximas fiestas una ocasión de honrar y glorificar a Dios.*
Cristo debe ser el objeto supremo; pero en la forma en que se ha estado observando la Navidad, la gloria se desvía de él hacia el hombre mortal, cuyo carácter pecaminoso y defectuoso hizo necesario que el Salvador viniese a nuestro mundo. Jesús, la Majestad del cielo, el Rey del cielo, depuso su realeza, dejó su Trono de gloria, su alta investidura, y vino a nuestro mundo para traer auxilio divino al hombre caído, debilitado en su fuerza moral y corrompido por el pecado. . . .
Los padres debieran recordar estas cosas a sus hijos e instruirlos, renglón tras renglón, precepto tras precepto, en su obligación para con Dios, no en la que creen tener uno hacia otro, de honrarse y glorificarse mutuamente con regalos.*
Encaucemos sus pensamientos.-
Son muchas las cosas que pueden idearse con buen gusto y a un costo mucho menor que el de los regalos innecesarios que con tanta frecuencia se ofrecen a los niños y a los parientes. Así se manifestará cortesía en el hogar y habrá felicidad en él. 438
Podéis enseñar una lección a vuestros hijos al explicarles vuestros motivos por hacer cambios con respecto al valor de sus regalos y decirles que os convencisteis de que solíais considerar su placer antes que la gloria de Dios. Decidles que pensabais más en vuestro propio placer y en la satisfacción de ellos que en el progreso de la causa de Dios, a la cual descuidabais para manteneros en armonía con las costumbres y las tradiciones del mundo, haciendo regalos a quienes no los necesitaban. Como los antiguos magos, podéis ofrecer a Dios vuestros mejores regalos y demostrarle por vuestras ofrendas que apreciáis el don que hizo a un mundo pecaminoso. Encauzad los pensamientos de vuestros hijos en una nueva dirección, que los haga altruistas al incitarlos a presentar ofrendas a Dios por el don de su Hijo unigénito.*
"¿Tendremos árbol de Navidad?"-
Agradaría mucho a Dios que cada iglesia tuviese un árbol de Navidad del cual colgasen ofrendas, grandes y pequeñas, para esas casas de culto.* Nos han llegado cartas en las cuales se preguntaba: ¿Tendremos un árbol de Navidad? ¿No seremos en tal caso como el mundo? Contestamos: Podéis obrar como lo hace el mundo, si estáis dispuestos a ello, o actuar en forma tan diferente como sea posible de la seguida por el mundo. El elegir un árbol fragante y colocarlo en nuestras iglesias no entraña pecado, sino que éste estriba en el motivo que hace obrar y en el uso que se dé a los regalos puestos en el árbol.
El árbol puede ser tan alto y sus ramas tan extensas como convenga a la ocasión, con tal que sus ramas estén cargadas con los frutos de oro y plata de vuestra beneficencia y los ofrezcáis a Dios como regalo de Navidad. Sean vuestros donativos santificados por la oración.*
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo pueden y deben celebrarse 439 en favor de los desamparados. Dios es glorificado cuando damos para ayudar a los que han de sustentar familias numerosas.*
No es un pecado-
No adopten los padres la conclusión de que un árbol de Navidad puesto en la iglesia para distraer a los alumnos de la escuela sabática es un pecado, porque es posible hacer de él una gran bendición. Dirigid la atención de esos alumnos hacia fines benévolos. En ningún caso debe ser la simple distracción el objeto de esas reuniones. Aunque algunos truequen estas ocasiones en momentos de negligente liviandad y no reciban la impresión divina, para otras mentes y caracteres dichas ocasiones resultan altamente benéficas. Estoy bien convencida de que pueden idearse substitutos inocentes para muchas reuniones desmoralizadoras.*
Diversiones inocentes.-
¿No os levantaréis, mis hermanas y hermanos cristianos, y no habréis de ceñiros para cumplir vuestro deber en el temor de Dios, y no ordenaréis este asunto de modo que, en vez de carecer de interés, rebose de placer inocente y lleve la señal del cielo? Sé que la clase más pobre responderá a esta sugestión. Los más ricos también debieran manifestar interés y dar regalos y ofrendas proporcionales a los recursos que Dios les confió. ¡Ojalá que en los libros del cielo se hagan acerca de la Navidad anotaciones cual nunca se las vio, por causa de los donativos que se ofrezcan para sostener la obra de Dios y el fortalecimiento de su reino!.* 440
_____________________
Hay que tener mucho cuidado por tomar parte en interpretaciones contemporáneas sobre la Navidad, a Elena G. de White nunca se le reveló al respecto de tachar la Navidad a la manera que lo hace Gambetta. Elena G. de White si es profeta, no así Gambetta.
Dios les bendiga
77. La Navidad
La fiesta de la Navidad.-
"Ya llega la Navidad," es la nota que resuena por el mundo, del este al oeste y del norte al sur. Para los jóvenes, para los de edad madura y aun para los ancianos, es una ocasión de regocijo general. Pero, ¿qué es la Navidad para que requiera tanta atención?. . .
Se dice que el 25 de diciembre es el día en que nació Jesucristo, y la observancia de ese día se ha hecho costumbre popular. Sin embargo, no hay seguridad de que estemos guardando el día preciso en que nació nuestro Salvador. La historia no nos da pruebas ciertas de ello. La Biblia no señala la fecha exacta. Si el Señor hubiese considerado tal conocimiento como esencial para nuestra salvación, habría hablado de ello por sus profetas y apóstoles, a fin de dejarnos enterados de todo el asunto. Por lo tanto, el silencio de las Escrituras al respecto nos parece evidencia de que nos fue ocultado con el más sabio de los propósitos.
En su sabiduría, el Señor no reveló el lugar donde había sepultado a Moisés. Le enterró, luego le resucitó y lo llevó al cielo. Obró así en secreto para evitar la idolatría. Aquel contra quien se habían rebelado [los israelitas] mientras estaba en servicio activo, aquel a quien provocaron casi más allá de lo que podía soportar un ser humano, fue casi adorado como Dios después que la muerte lo separó de ellos. Por el mismo motivo Dios ocultó el día preciso en que nació Cristo, a fin de que ese día no recibiese el honor que debía darse a Cristo como Redentor del mundo y el único que debía ser recibido 435 y en quien se debía confiar por ser el único capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que se allegan a él. La adoración del alma debe tributarse a Jesús como Hijo del Dios infinito.*
Es difícil pasarla por alto.-
En vista de que el 25 de diciembre se observa para conmemorar el nacimiento de Cristo, y en vista de que por el precepto y por el ejemplo se ha enseñado a los niños que es en verdad un día de alegría y regocijo, os resultará difícil pasar por alto esa fecha sin dedicarle cierta atención. Es posible valerse de ella con un buen propósito.
Es necesario tratar a los jóvenes con mucho cuidado. No se les debe dejar que en ocasión de Navidad busquen diversión en la vanidad y la búsqueda de placeres, o en pasatiempos que pudieran perjudicar su espiritualidad. Los padres pueden controlar esto dirigiendo la atención y las ofrendas de sus hijos hacia Dios y su causa, y hacia la salvación de las almas.
En vez de ser ahogado y prohibido arbitrariamente, el deseo de divertirse debe ser controlado y dirigido por esfuerzos esmerados de parte de los padres. Su deseo de hacer regalos puede ser desviado por cauces puros y santos a fin de que beneficie a nuestros semejantes al suplir la tesorería con recursos para la grandiosa obra que Cristo vino a hacer en este mundo. La abnegación y el sacrificio propio caracterizaron su conducta, y deben caracterizar también la de los que profesamos amar a Jesús porque en él se concentra nuestra esperanza de vida eterna.*
El intercambio de regalos.-
Se acerca la época de las fiestas con su intercambio de regalos, y tanto los jóvenes como los adultos consideran atentamente que pueden dar a sus amigos en señal de afectuoso recuerdo. Por insignificantes que sean los regalos, es agradable recibirlos de aquellos a quienes amamos. Constituyen una demostración de que no nos han olvidado, y parecen estrechar un poco más los lazos que nos unen con ellos. . . . Está bien que nos otorguemos unos a otros pruebas de cariño y aprecio con tal que no olvidemos a Dios, 436 nuestro mejor Amigo. Debemos hacer regalos que sean de verdadero beneficio para quienes los reciban. Yo recomendaría libros que ayuden a comprender la Palabra de Dios o que acrecienten nuestro amor por sus preceptos. Proveamos algo que leer para las largas veladas del invierno.*
Libros recomendados para los niños.-
Son muchos los que no tienen libros ni publicaciones relativas a la verdad presente. Representan, sin embargo, un importante renglón en el cual se puede invertir dinero. Son muchos los pequeñuelos a quienes se debieran proveer buenas lecturas. Las series de lecturas y Poesías para el Sábado* son libros preciosos que pueden introducirse en todo hogar. Las muchas sumas pequeñas que suelen gastarse en caramelos y juguetes inútiles pueden guardarse para tener con que comprar tales libros. . . .
Los que quieran ofrecer regalos valiosos a sus hijos, nietos o sobrinos, pueden proporcionarles los libros mencionados arriba, que se destinan a los niños. Para los jóvenes, la Vida de José Bates es un tesoro; también lo son los tres tomos de El Espíritu de Profecía.* Estos tomos debieran estar en cada hogar del país. Dios está dando luz del cielo, y ni una sola familia debiera quedar privada de ella. Sean los regalos que ofrezcáis de tal índole que derramen rayos de luz sobre la senda que conduce al cielo.*
No debe olvidarse a Jesús.-
Hermanos y hermanas, mientras estáis pensando en los regalos que queréis ofreceros unos a otros, quisiera haceros acordar de nuestro Amigo celestial, no sea que olvidéis lo que él nos pide. ¿No le agradará nuestra demostración de que no le hemos olvidado? Jesús, el Príncipe de vida, lo dio todo para poner la salvación a nuestro alcance. 437
. . .Hasta sufrió la muerte, para poder darnos la vida eterna.
Mediante Cristo es como recibimos toda bendición. . . . ¿No compartirá nuestro Benefactor celestial las pruebas de nuestra gratitud y amor? Venid, hermanos y hermanas, con vuestros hijos, aun con los niños de brazos, y traed vuestras ofrendas a Dios de acuerdo con lo que podáis dar. Hónrenle vuestros corazones con melodías y alabadle con vuestros labios.*
Es tiempo para honrar a Dios.-
El mundo dedica las fiestas a la frivolidad, el despilfarro, la glotonería y la ostentación. . . . En ocasión de las próximas fiestas de Navidad y Año Nuevo se desperdiciarán miles de dólares en placeres inútiles; pero es privilegio nuestro apartarnos de las costumbres y prácticas de esta época de degeneración; y en vez de gastar recursos simplemente para satisfacer el apetito y comprar inútiles adornos o prendas de vestir, podemos hacer de las próximas fiestas una ocasión de honrar y glorificar a Dios.*
Cristo debe ser el objeto supremo; pero en la forma en que se ha estado observando la Navidad, la gloria se desvía de él hacia el hombre mortal, cuyo carácter pecaminoso y defectuoso hizo necesario que el Salvador viniese a nuestro mundo. Jesús, la Majestad del cielo, el Rey del cielo, depuso su realeza, dejó su Trono de gloria, su alta investidura, y vino a nuestro mundo para traer auxilio divino al hombre caído, debilitado en su fuerza moral y corrompido por el pecado. . . .
Los padres debieran recordar estas cosas a sus hijos e instruirlos, renglón tras renglón, precepto tras precepto, en su obligación para con Dios, no en la que creen tener uno hacia otro, de honrarse y glorificarse mutuamente con regalos.*
Encaucemos sus pensamientos.-
Son muchas las cosas que pueden idearse con buen gusto y a un costo mucho menor que el de los regalos innecesarios que con tanta frecuencia se ofrecen a los niños y a los parientes. Así se manifestará cortesía en el hogar y habrá felicidad en él. 438
Podéis enseñar una lección a vuestros hijos al explicarles vuestros motivos por hacer cambios con respecto al valor de sus regalos y decirles que os convencisteis de que solíais considerar su placer antes que la gloria de Dios. Decidles que pensabais más en vuestro propio placer y en la satisfacción de ellos que en el progreso de la causa de Dios, a la cual descuidabais para manteneros en armonía con las costumbres y las tradiciones del mundo, haciendo regalos a quienes no los necesitaban. Como los antiguos magos, podéis ofrecer a Dios vuestros mejores regalos y demostrarle por vuestras ofrendas que apreciáis el don que hizo a un mundo pecaminoso. Encauzad los pensamientos de vuestros hijos en una nueva dirección, que los haga altruistas al incitarlos a presentar ofrendas a Dios por el don de su Hijo unigénito.*
"¿Tendremos árbol de Navidad?"-
Agradaría mucho a Dios que cada iglesia tuviese un árbol de Navidad del cual colgasen ofrendas, grandes y pequeñas, para esas casas de culto.* Nos han llegado cartas en las cuales se preguntaba: ¿Tendremos un árbol de Navidad? ¿No seremos en tal caso como el mundo? Contestamos: Podéis obrar como lo hace el mundo, si estáis dispuestos a ello, o actuar en forma tan diferente como sea posible de la seguida por el mundo. El elegir un árbol fragante y colocarlo en nuestras iglesias no entraña pecado, sino que éste estriba en el motivo que hace obrar y en el uso que se dé a los regalos puestos en el árbol.
El árbol puede ser tan alto y sus ramas tan extensas como convenga a la ocasión, con tal que sus ramas estén cargadas con los frutos de oro y plata de vuestra beneficencia y los ofrezcáis a Dios como regalo de Navidad. Sean vuestros donativos santificados por la oración.*
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo pueden y deben celebrarse 439 en favor de los desamparados. Dios es glorificado cuando damos para ayudar a los que han de sustentar familias numerosas.*
No es un pecado-
No adopten los padres la conclusión de que un árbol de Navidad puesto en la iglesia para distraer a los alumnos de la escuela sabática es un pecado, porque es posible hacer de él una gran bendición. Dirigid la atención de esos alumnos hacia fines benévolos. En ningún caso debe ser la simple distracción el objeto de esas reuniones. Aunque algunos truequen estas ocasiones en momentos de negligente liviandad y no reciban la impresión divina, para otras mentes y caracteres dichas ocasiones resultan altamente benéficas. Estoy bien convencida de que pueden idearse substitutos inocentes para muchas reuniones desmoralizadoras.*
Diversiones inocentes.-
¿No os levantaréis, mis hermanas y hermanos cristianos, y no habréis de ceñiros para cumplir vuestro deber en el temor de Dios, y no ordenaréis este asunto de modo que, en vez de carecer de interés, rebose de placer inocente y lleve la señal del cielo? Sé que la clase más pobre responderá a esta sugestión. Los más ricos también debieran manifestar interés y dar regalos y ofrendas proporcionales a los recursos que Dios les confió. ¡Ojalá que en los libros del cielo se hagan acerca de la Navidad anotaciones cual nunca se las vio, por causa de los donativos que se ofrezcan para sostener la obra de Dios y el fortalecimiento de su reino!.* 440
_____________________
Hay que tener mucho cuidado por tomar parte en interpretaciones contemporáneas sobre la Navidad, a Elena G. de White nunca se le reveló al respecto de tachar la Navidad a la manera que lo hace Gambetta. Elena G. de White si es profeta, no así Gambetta.
Dios les bendiga
jueves, 2 de diciembre de 2010
El Templo de Dios
EL PASAJE bíblico que más que ninguno había sido el fundamento y el pilar central de la fe adventista era
la declaración: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario."
(Daniel 8: 14, V.M.) Estas palabras habían sido familiares para todos los que creían en la próxima venida
del Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por miles de bocas. Todos
sentían que sus esperanzas más gloriosas y más queridas dependían de los acontecimientos en ella
predichos. Había quedado demostrado que aquellos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844.
En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que la tierra, o alguna parte de
ella, era el santuario. Entendían que la purificación del santuario era la purificación de la tierra por medio
del fuego del último y supremo día, y que ello se verificaría en el segundo advenimiento. De ahí que
concluyeran que Cristo volvería a la tierra en 1844.
Pero el tiempo señalado había pasado, y el Señor no había aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra
de Dios no podía fallar; su interpretación de la profecía debía estar pues errada; ¿pero dónde estaba el
error? Muchos cortaron sin más ni más el nudo de la dificultad negando que los 2.300 días terminasen en
1844. Este aserto no podía apoyarse con prueba alguna, a no ser con la de que Cristo no había venido en el
momento en que se le esperaba. Alegábase que si los días proféticos hubiesen terminado en 1844, Cristo
habría vuelto entonces para limpiar el santuario mediante la purificación de la tierra por fuego, y que como
no había venido, los días no podían haber terminado. 462
Aceptar estas conclusiones equivalía a renunciar a los cómputos anteriores de los períodos proféticos. Se
había comprobado que los 2.300 días principiaron cuando entró en vigor el decreto de Artajerjes
ordenando la restauración y edificación de Jerusalén, en el otoño del año 457 ant. de C. Tomando esto
como punto de partida, había perfecta armonía en la aplicación de todos los acontecimientos predichos en
la explicación de ese período hallada en Daniel 9:25 - 27. Sesenta y nueve semanas, o los 483 primeros
años de los 2.300 años debían alcanzar hasta el Mesías, el Ungido; y el bautismo de Cristo y su unción por
el Espíritu Santo, en el año 27 de nuestra era, cumplían exactamente la predicción. En medio de la
septuagésima semana, el Mesías había de ser muerto. Tres años y medio después de su bautismo, Cristo fue
crucificado, en la primavera del año 31. Las setenta semanas, o 490 años, les tocaban especialmente a los
judíos. Al fin del período, la nación selló su rechazamiento de Cristo con la persecución de sus discípulos,
y los apóstoles se volvieron hacia los gentiles en el año 34 de nuestra era. Habiendo terminado entonces los
490 primeros años de los 2.300, quedaban aún 1.810 años. Contando desde el año 34, 1.810 años llegan a
1844. "Entonces -había dicho el ángel- será purificado el Santuario." Era indudable que todas las anteriores
predicciones de la profecía se habían cumplido en el tiempo señalado.
En ese cálculo, todo era claro y armonioso, menos la circunstancia de que en 1844 no se veía
acontecimiento alguno que correspondiese a la purificación del santuario. Negar que los días terminaban en
esa fecha equivalía a confundir todo el asunto y a abandonar creencias fundadas en el cumplimiento
indudable de las profecías.
Pero Dios había dirigido a su pueblo en el gran movimiento adventista; su poder y su gloria habían
acompañado la obra, y él no permitiría que ésta terminase en la obscuridad y en un chasco, para que se la
cubriese de oprobio como si fuese una mera excitación mórbida y producto del fanatismo. No iba a dejar
463 su Palabra envuelta en dudas e incertidumbres. Aunque muchos abandonaron sus primeros cálculos de
los períodos proféticos, y negaron la exactitud del movimiento basado en ellos, otros no estaban dispuestos
a negar puntos de fe y de experiencia que estaban sostenidos por las Sagradas Escrituras y por el testimonio
del Espíritu de Dios. Creían haber adoptado en sus estudios de las profecías sanos principios de
interpretación, y que era su deber atenerse firmemente a las verdades ya adquiridas, y seguir en el mismo
camino de la investigación bíblica. Orando con fervor, volvieron a considerar su situación, y estudiaron las
Santas Escrituras para descubrir su error. Como no encontraran ninguno en sus cálculos de los períodos
proféticos, fueron inducidos a examinar más de cerca la cuestión del santuario.
En sus investigaciones vieron que en las Santas Escrituras no hay prueba alguna en apoyo de la creencia
general de que la tierra es el santuario; pero encontraron en la Biblia una explicación completa de la
cuestión del santuario, su naturaleza, su situación y sus servicios; pues el testimonio de los escritores
sagrados era tan claro y tan amplio que despejaba este asunto de toda duda. El apóstol Pablo dice en su
Epístola a los Hebreos: "En verdad el primer pacto también tenía reglamentos del culto, y su santuario que
lo era de este mundo. Porque un tabernáculo fue preparado, el primero, en que estaban el candelabro y la
mesa y los panes de la proposición; el cual se llama el Lugar Santo. Y después del segundo velo, el
tabernáculo que se llama el Lugar Santísimo: que contenía el incensario de oro y el arca del pacto, cubierta
toda en derredor de oro, en la cual estaba el vaso de oro que contenía el maná, y la vara de Aarón que
floreció, y las tablas del pacto; y sobre ella, los querubines de gloria, que hacían sombra al propiciatorio."
(Hebreos 9: 1-5, V.M.)
El santuario al cual se refiere aquí San Pablo era el tabernáculo construido por Moisés a la orden de Dios
como morada terrenal del Altísimo. "Me harán un santuario, para que yo 464 habite en medio de ellos"
(Éxodo 25: 8, V.M.), había sido la orden dada a Moisés mientras estaba en el monte con Dios. Los
israelitas estaban peregrinando por el desierto, y el tabernáculo se preparó de modo que pudiese ser llevado
de un lugar a otro; no obstante era una construcción de gran magnificencia. Sus paredes consistían en
tablones ricamente revestidos de oro y asegurados en basas de plata, mientras que el techo se componía de
una serie de cortinas o cubiertas, las de fuera de pieles, y las interiores de lino fino magníficamente
recamado con figuras de querubines. A más del atrio exterior, donde se encontraba el altar del holocausto,
el tabernáculo propiamente dicho consistía en dos departamentos llamados el lugar santo y el lugar
santísimo, separados por rica y magnífica cortina, o velo; otro velo semejante cerraba la entrada que
conducía al primer departamento.
En el lugar santo se encontraba hacia el sur el candelabro, con sus siete lámparas que alumbraban el
santuario día y noche; hacia el norte estaba la mesa de los panes de la proposición; y ante el velo que
separaba el lugar santo del santísimo estaba el altar de oro para el incienso, del cual ascendía diariamente a
Dios una nube de sahumerio junto con las oraciones de Israel.
En el lugar santísimo se encontraba el arca, cofre de madera preciosa cubierta de oro, depósito de las dos
tablas de piedra sobre las cuales Dios había grabado la ley de los diez mandamientos. Sobre el arca, a guisa
de cubierta del sagrado cofre, estaba el propiciatorio, verdadera maravilla artística, coronada por dos
querubines, uno en cada extremo y todo de oro macizo. En este departamento era donde se manifestaba la
presencia divina en la nube de gloria entre los querubines.
Después que los israelitas se hubieron establecido en Canaán el tabernáculo fue reemplazado por el templo
de Salomón, el cual, aunque edificio permanente y de mayores dimensiones, conservaba las mismas
proporciones y el mismo amueblado. El santuario subsistió así -menos durante el plazo 465 en que
permaneció en ruinas en tiempo de Daniel- hasta su destrucción por los romanos, en el año 70 de nuestra
era.
Tal fue el único santuario que haya existido en la tierra y del cual la Biblia nos dé alguna información. San
Pablo dijo de él que era el santuario del primer pacto. Pero ¿no tiene el nuevo pacto también el suyo?
Volviendo al libro de los Hebreos, los que buscaban la verdad encontraron que existía un segundo
santuario, o sea el del nuevo pacto, al cual se alude en las palabras ya citadas del apóstol Pablo: "En verdad
el primer pacto también tenía reglamentos del culto, y su santuario que lo era de este mundo." El uso de la
palabra "también" implica que San Pablo ha hecho antes mención de este santuario. Volviendo al principio
del capítulo anterior, se lee: "Lo principal, pues, entre las cosas que decimos es esto: Tenemos un tal sumo
sacerdote que se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y del
verdadero tabernáculo, que plantó el Señor, y no el hombre." (Hebreos 8: 1, 2, V.M.)
Aquí tenemos revelado el santuario del nuevo pacto. El santuario del primer pacto fue asentado por el
hombre, construido por Moisés; éste segundo es asentado por el Señor, no por el hombre. En aquel
santuario los sacerdotes terrenales desempeñaban el servicio; en éste es Cristo, nuestro gran Sumo
Sacerdote, quien ministra a la diestra de Dios. Uno de los santuarios estaba en la tierra, el otro está en el
cielo.
Además, el tabernáculo construido por Moisés fue hecho según un modelo. El Señor le ordenó: "Conforme
a todo lo que yo te mostrare, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus vasos, así lo haréis." Y le
mandó además: "Mira, y hazlos conforme a su modelo, que te ha sido mostrado en el monte." (Éxodo 25:
9, 40.) Y San Pablo dice que el primer tabernáculo "era una parábola para aquel tiempo entonces presente;
conforme a la cual se ofrecían dones y sacrificios;" que sus santos lugares eran "representaciones de las
cosas celestiales;" que los sacerdotes que presentaban las ofrendas 466 según la ley, ministraban lo que era
"la mera representación y sombra de las cosas celestiales," y que "no entró Cristo en un lugar santo hecho
de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora
delante de Dios por nosotros." (Hebreos 9: 9, 23; 8: 5; 9: 24, V.M.)
El santuario celestial, en el cual Jesús ministra, es el gran modelo, del cual el santuario edificado por
Moisés no era más que trasunto. Dios puso su Espíritu sobre los que construyeron el santuario terrenal. La
pericia artística desplegada en su construcción fue una manifestación de la sabiduría divina. Las paredes
tenían aspecto de oro macizo, y reflejaban en todas direcciones la luz de las siete lámparas del candelero de
oro. La mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso relucían como oro bruñido. La magnífica
cubierta que formaba el techo, recamada con figuras de ángeles, en azul, púrpura y escarlata, realzaba la
belleza de la escena. Y más allá del segundo velo estaba la santa shekina, la manifestación visible de la
gloria de Dios, ante la cual sólo el sumo sacerdote podía entrar y sobrevivir.
El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria de aquel templo
celestial donde Cristo nuestro precursor ministra por nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de
reyes, donde miles y miles ministran delante de él, y millones de millones están en su presencia (Daniel
7:10); ese templo, lleno de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren
sus rostros en adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edificaran manos
humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su gloria. Con todo, el santuario terrenal y sus
servicios revelaban importantes verdades relativas al santuario celestial y a la gran obra que se llevaba allí
a cabo para la redención del hombre.
Los lugares santos del santuario celestial están representados por los dos departamentos del santuario
terrenal. Cuando 467 en una visión le fue dado al apóstol Juan que viese el templo de Dios en el cielo,
contempló allí "siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono." (Apocalipsis 4: 5, V.M.) Vio un ángel
que tenía "en su mano un incensario de oro; y le fue dado mucho incienso, para que lo añadiese a las
oraciones de todos los santos, encima del altar de oro que estaba delante del trono." (Apocalipsis 8: 3,
V.M.) Se le permitió al profeta contemplar el primer departamento del santuario en el cielo; y vio allí las
"siete lámparas de fuego" y el "altar de oro" representados por el candelabro de oro y el altar de incienso en
el santuario terrenal. De nuevo, "fue abierto el templo de Dios" (Apocalipsis 11: 19, V.M.), y miró hacia
adentro del velo interior, el lugar santísimo. Allí vio "el arca de su pacto," representada por el cofre sagrado
construido por Moisés para guardar la ley de Dios.
Así fue como los que estaban estudiando ese asunto encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un
santuario en el cielo. Moisés hizo el santuario terrenal según un modelo que le fue enseñado. San Pablo
declara que ese modelo era el verdadero santuario que está en el cielo. Y San Juan afirma que lo vio en el
cielo.
En el templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en juicio y en justicia. En el lugar
santísimo está su ley, la gran regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que
contiene las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual Cristo ofrece su sangre a favor
del pecador. Así se representa la unión de la justicia y de la misericordia en el plan de la redención
humana. Sólo la sabiduría infinita podía idear semejante unión, y sólo el poder infinito podía realizarla; es
una unión que llena todo el cielo de admiración y adoración. Los querubines del santuario terrenal que
miraban reverentemente hacia el propiciatorio, representaban el interés con el cual las huestes celestiales
contemplan la obra de redención. Es el misterio de misericordia que los ángeles desean contemplar, a
saber: que Dios puede 468 ser justo al mismo tiempo que justifica al pecador arrepentido y reanuda sus
relaciones con la raza caída; que Cristo pudo humillarse para sacar a innumerables multitudes del abismo
de la perdición y revestirlas con las vestiduras inmaculadas de su propia justicia, a fin de unirlas con
ángeles que no cayeron jamás y permitirles vivir para siempre en la presencia de Dios.
La obra mediadora de Cristo en favor del hombre se presenta en esta hermosa profecía de Zacarías relativa
a Aquel "cuyo nombre es El Vástago." El profeta dice: "Sí, edificará el Templo de Jehová, y llevará sobre
sí la gloria; y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono; y el consejo de la paz
estará entre los dos." (Zacarías 6: 12, 13, V.M.)
"Sí, edificará el Templo de Jehová." Por su sacrificio y su mediación, Cristo es el fundamento y el
edificador de la iglesia de Dios. El apóstol Pablo le señala como "la piedra principal del ángulo: en la cual
todo el edificio, bien trabado consigo mismo, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien -
dice- vosotros también sois edificados juntamente, para ser morada de Dios, en virtud del Espíritu."
(Efesios 2: 20-22, V.M.)
"Y llevará sobre sí la gloria." Es a Cristo a quien pertenece la gloria de la redención de la raza caída. Por
toda la eternidad, el canto de los redimidos será: "A Aquel que nos ama, y nos ha lavado de nuestros
pecados en su misma sangre, . . . a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos." (Apocalipsis 1:
5, 6, V.M.)
"Y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono." No todavía "sobre el trono de su
gloria;" el reino de gloria no le ha sido dado aún. Solo cuando su obra mediadora haya terminado, "le dará
el Señor Dios el trono de David su padre," un reino del que "no habrá fin." (S. Lucas 1: 32, 33.) Como
sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. (Apocalipsis 3: 21.) En el trono, en compañía
469 del Dios eterno que existe por sí mismo, está Aquel que "ha llevado nuestros padecimientos, y con
nuestros dolores . . . se cargó," quien fue "tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin pecado," para
que pudiese "también socorrer a los que son tentados." "Si alguno pecare, abogado tenemos para con el
Padre, a saber, a Jesucristo el justo. " (Isaías 53: 4; Hebreos 4: 15; 2: 18; 1 Juan 2: 1, V.M.) Su intercesión
es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida inmaculada. Las manos heridas, el costado
abierto, los pies desgarrados, abogan en favor del hombre caído, cuya redención fue comprada a tan
infinito precio.
"Y el consejo de la paz estará entre los dos." El amor del Padre, no menos que el del Hijo, es la fuente de
salvación para la raza perdida. Jesús había dicho a sus discípulos antes de irse: "No os digo, que yo rogaré
al Padre por vosotros; pues el mismo Padre os ama." (S. Juan 16: 26, 27.) "Dios estaba en Cristo,
reconciliando consigo mismo al mundo." (2 Corintios 5: 19, V.M.) Y en el ministerio del santuario
celestial, "el consejo de la paz estará entre los dos." "De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna." (S. Juan 3: 16, V.M.)
Las Escrituras contestan con claridad a la pregunta: ¿Qué es el santuario? La palabra "santuario," tal cual la
usa la Biblia, se refiere, en primer lugar, al tabernáculo que construyó Moisés, como figura o imagen de las
cosas celestiales; y, en segundo lugar, al "verdadero tabernáculo" en el cielo, hacia el cual señalaba el
santuario terrenal. Muerto Cristo, terminó el ritual típico. El "verdadero tabernáculo" en el cielo es el
santuario del nuevo pacto. Y como la profecía de Daniel 8:14 se cumple en esta dispensación, el santuario
al cual se refiere debe ser el santuario del nuevo pacto. Cuando terminaron los 2.300 días, en 1844, hacía
muchos siglos que no había santuario en la tierra. De manera que la profecía: "Hasta dos mil y trescientas
tardes y mañanas; entonces será purificado el 470 Santuario," se refiere indudablemente al santuario que
está en el cielo.
Pero queda aún la pregunta más importante por contestar: ¿Qué es la purificación del santuario? En el
Antiguo Testamento se hace mención de un servicio tal con referencia al santuario terrenal. ¿Pero puede
haber algo que purificar en el cielo? En el noveno capítulo de la Epístola a los Hebreos, se menciona
claramente la purificación de ambos santuarios, el terrenal y el celestial. "Según la ley, casi todas las cosas
son purificadas con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay remisión. Fue pues necesario que las
representaciones de las cosas celestiales fuesen purificadas con estos sacrificios, pero las mismas cosas
celestiales, con mejores sacrificios que éstos" (Hebreos 9: 22, 23, V.M.), a saber, la preciosa sangre de
Cristo.
En ambos servicios, el típico y el real, la purificación debe efectuarse con sangre; en aquél con sangre de
animales; en éste, con la sangre de Cristo. San Pablo dice que la razón por la cual esta purificación debe
hacerse con sangre, es porque sin derramamiento de sangre no hay remisión. La remisión, o sea el acto de
quitar los pecados, es la obra que debe realizarse. ¿Pero como podía relacionarse el pecado con el santuario
del cielo o con el de la tierra? Puede saberse esto estudiando el servicio simbólico, pues los sacerdotes que
oficiaban en la tierra, ministraban "lo que es la mera representación y sombra de las cosas celestiales."
(Hebreos 8: 5, V.M.)
El servicio del santuario terrenal consistía en dos partes; los sacerdotes ministraban diariamente en el lugar
santo, mientras que una vez al año el sumo sacerdote efectuaba un servicio especial de expiación en el
lugar santísimo, para purificar el santuario. Día tras día el pecador arrepentido llevaba su ofrenda a la
puerta del tabernáculo, y poniendo la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados,
transfiriéndolos así figurativamente de sí mismo a la víctima inocente. Luego se mataba el animal. "Sin
derramamiento de sangre," dice el apóstol, no hay remisión de pecados. "La vida de la carne en 471 la
sangre está." (Levítico 17: 11.) La ley de Dios quebrantada exigía la vida del transgresor. La sangre, que
representaba la vida comprometida del pecador, cuya culpa cargaba la víctima, la llevaba el sacerdote al
lugar santo y la salpicaba ante el velo, detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador
había transgredido. Mediante esta ceremonia, el pecado era transferido figurativamente, por intermedio de
la sangre, al santuario. En ciertos casos, la sangre no era llevada al lugar santo; pero el sacerdote debía
entonces comer la carne, como Moisés lo había mandado a los hijos de Aarón, diciendo: "Dióla él a
vosotros para llevar la iniquidad de la congregación." (Levítico 10: 17.) Ambas ceremonias simbolizaban
por igual la transferencia del pecado del penitente al santuario.
Tal era la obra que se llevaba a cabo día tras día durante todo el año. Los pecados de Israel eran
transferidos así al santuario, y se hacía necesario un servicio especial para eliminarlos. Dios mandó que se
hiciera una expiación por cada uno de los departamentos sagrados. "Así hará expiación por el Santuario, a
causa de las inmundicias de los hijos de Israel y de sus transgresiones, con motivo de todos sus pecados. Y
del mismo modo hará con el Tabernáculo de Reunión, que reside con ellos, en medio de sus inmundicias."
Debía hacerse también una expiación por el altar: "Lo purificará y lo santificará, a causa de las inmundicias
de los hijos de Israel." (Levítico 16: 16, 19, V.M.)
Una vez al año, en el gran día de las expiaciones, el sacerdote entraba en el lugar santísimo para purificar el
santuario. El servicio que se realizaba allí completaba la serie anual de los servicios. En el día de las
expiaciones se llevaban dos machos cabríos a la entrada del tabernáculo y se echaban suertes sobre ellos,
"la una suerte para Jehová y la otra para Azazel." (Vers. 8.) El macho cabrío sobre el cual caía la suerte
para Jehová debía ser inmolado como ofrenda por el pecado del pueblo. Y el sacerdote debía llevar velo
adentro la sangre de aquél y rociarla sobre el propiciatorio y delante de él. También había 472 que rociar
con ella el altar del incienso, que se encontraba delante del velo.
"Y pondrá Aarón entrambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las
iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus transgresiones, a causa de todos sus pecados, cargándolos así
sobre la cabeza del macho cabrío, y le enviará al desierto por mano de un hombre idóneo. Y el macho
cabrío llevará sobre sí las iniquidades de ellos a tierra inhabitada." (Levítico 16: 21, 22, V.M.) El macho
cabrío emisario no volvía al real de Israel, y el hombre que lo había llevado afuera debía lavarse y lavar sus
vestidos con agua antes de volver al campamento.
Toda la ceremonia estaba destinada a inculcar a los israelitas una idea de la santidad de Dios y de su odio al
pecado; y además hacerles ver que no podían ponerse en contacto con el pecado sin contaminarse. Se
requería de todos que afligiesen sus almas mientras se celebraba el servicio de expiación. Toda ocupación
debía dejarse a un lado, y toda la congregación de Israel debía pasar el día en solemne humillación ante
Dios, con oración, ayuno y examen profundo del corazón.
El servicio típico enseña importantes verdades respecto a la expiación. Se aceptaba un substituto en lugar
del pecador; pero la sangre de la víctima no borraba el pecado. Sólo proveía un medio para transferirlo al
santuario. Con la ofrenda de sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba su culpa, y
expresaba su deseo de ser perdonado mediante la fe en un Redentor por venir; pero no estaba aún
enteramente libre de la condenación de la ley. El día de la expiación, el sumo sacerdote, después de haber
tomado una víctima ofrecida por la congregación, iba al lugar santísimo con la sangre de dicha víctima y
rociaba con ella el propiciatorio, encima mismo de la ley, para dar satisfacción a sus exigencias. Luego, en
calidad de mediador, tomaba los pecados sobre sí y los llevaba fuera del santuario. Poniendo sus manos
sobre la cabeza del segundo macho cabrío, confesaba sobre él todos esos pecados, transfiriéndolos 473 así
figurativamente de él al macho cabrío emisario. Este los llevaba luego lejos y se los consideraba como si
estuviesen para siempre quitados y echados lejos del pueblo.
Tal era el servicio que se efectuaba como "mera representación y sombra de las cosas celestiales." Y lo que
se hacía típicamente en el santuario terrenal, se hace en realidad en el santuario celestial. Después de su
ascensión, nuestro Salvador empezó a actuar como nuestro Sumo Sacerdote. San Pablo dice: "No entró
Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo
mismo, para presentarse ahora delante de Dios por nosotros." (Hebreos 9: 24, V.M.)
El servicio del sacerdote durante el año en el primer departamento del santuario, "adentro del velo" que
formaba la entrada y separaba el lugar santo del atrio exterior, representa la obra y el servicio a que dio
principio Cristo al ascender al cielo. La obra del sacerdote en el servicio diario consistía en presentar ante
Dios la sangre del holocausto, como también el incienso que subía con las oraciones de Israel. Así es como
Cristo ofrece su sangre ante el Padre en beneficio de los pecadores, y así es como presenta ante él, además,
junto con el precioso perfume de su propia justicia, las oraciones de los creyentes arrepentidos. Tal era la
obra desempeñada en el primer departamento del santuario en el cielo.
Hasta allí siguieron los discípulos a Cristo por la fe cuando se elevó de la presencia de ellos. Allí se
concentraba su esperanza, "la cual -dice San Pablo- tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que
penetra hasta a lo que está dentro del velo; adonde, como precursor nuestro, Jesús ha entrado por nosotros,
constituido sumo sacerdote para siempre." "Ni tampoco por medio de la sangre de machos de cabrío y de
terneros, sino por la virtud de su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santo, habiendo ya
hallado eterna redención." (Hebreos 6: 19, 20; 9: 12, V.M.)
Este ministerio siguió efectuándose durante dieciocho 474 siglos en el primer departamento del santuario.
La sangre de Cristo, ofrecida en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba perdón y aceptación
cerca del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los libros de registro. Como en el
servicio típico había una obra de expiación al fin del año, así también, antes de que la obra de Cristo para la
redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para quitar el pecado del
santuario. Este es el servicio que empezó cuando terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había
anunciado Daniel el profeta, nuestro Sumo Sacerdote entró en el lugar santísimo, para cumplir la última
parte de su solemne obra: la purificación del santuario.
Así como en la antigüedad los pecados del pueblo eran puestos por fe sobre la víctima ofrecida, y por la
sangre de ésta se transferían figurativamente al santuario terrenal, así también, en el nuevo pacto, los
pecados de los que se arrepienten son puestos por fe sobre Cristo, y transferidos, de hecho, al santuario
celestial. Y así como la purificación típica de lo terrenal se efectuaba quitando los pecados con los cuales
había sido contaminado, así también la purificación real de lo celestial debe efectuarse quitando o borrando
los pecados registrados en el cielo. Pero antes de que esto pueda cumplirse deben examinarse los registros
para determinar quiénes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe en Cristo, tienen derecho a
los beneficios de la expiación cumplida por él. La purificación del santuario implica por lo tanto una obra
de investigación- una obra de juicio. Esta obra debe realizarse antes de que venga Cristo para redimir a su
pueblo, pues cuando venga, su galardón está con él, para que pueda otorgar la recompensa a cada uno
según haya sido su obra. (Apocalipsis 22:12.)
Así que los que andaban en la luz de la palabra profética vieron que en lugar de venir a la tierra al fin de
los 2.300 días, en 1844, Cristo entró entonces en el lugar santísimo del santuario 475 celestial para cumplir
la obra final de la expiación preparatoria para su venida.
Se vio además que, mientras que el holocausto señalaba a Cristo como sacrificio, y el sumo sacerdote
representaba a Cristo como mediador, el macho cabrío simbolizaba a Satanás, autor del pecado, sobre
quien serán colocados finalmente los pecados de los verdaderamente arrepentidos. Cuando el sumo
sacerdote, en virtud de la sangre del holocausto, quitaba los pecados del santuario, los ponía sobre la
cabeza del macho cabrío para Azazel. Cuando Cristo, en virtud de su propia sangre, quite del santuario
celestial los pecados de su pueblo al fin de su ministerio, los pondrá sobre Satanás, el cual en la
consumación del juicio debe cargar con la pena final. El macho cabrío era enviado lejos a un lugar desierto,
para no volver jamás a la congregación de Israel. Así también Satanás será desterrado para siempre de la
presencia de Dios y de su pueblo, y será aniquilado en la destrucción final del pecado y de los pecadores.
El Conflicto de los Siglos
Elena de white
la declaración: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario."
(Daniel 8: 14, V.M.) Estas palabras habían sido familiares para todos los que creían en la próxima venida
del Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por miles de bocas. Todos
sentían que sus esperanzas más gloriosas y más queridas dependían de los acontecimientos en ella
predichos. Había quedado demostrado que aquellos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844.
En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que la tierra, o alguna parte de
ella, era el santuario. Entendían que la purificación del santuario era la purificación de la tierra por medio
del fuego del último y supremo día, y que ello se verificaría en el segundo advenimiento. De ahí que
concluyeran que Cristo volvería a la tierra en 1844.
Pero el tiempo señalado había pasado, y el Señor no había aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra
de Dios no podía fallar; su interpretación de la profecía debía estar pues errada; ¿pero dónde estaba el
error? Muchos cortaron sin más ni más el nudo de la dificultad negando que los 2.300 días terminasen en
1844. Este aserto no podía apoyarse con prueba alguna, a no ser con la de que Cristo no había venido en el
momento en que se le esperaba. Alegábase que si los días proféticos hubiesen terminado en 1844, Cristo
habría vuelto entonces para limpiar el santuario mediante la purificación de la tierra por fuego, y que como
no había venido, los días no podían haber terminado. 462
Aceptar estas conclusiones equivalía a renunciar a los cómputos anteriores de los períodos proféticos. Se
había comprobado que los 2.300 días principiaron cuando entró en vigor el decreto de Artajerjes
ordenando la restauración y edificación de Jerusalén, en el otoño del año 457 ant. de C. Tomando esto
como punto de partida, había perfecta armonía en la aplicación de todos los acontecimientos predichos en
la explicación de ese período hallada en Daniel 9:25 - 27. Sesenta y nueve semanas, o los 483 primeros
años de los 2.300 años debían alcanzar hasta el Mesías, el Ungido; y el bautismo de Cristo y su unción por
el Espíritu Santo, en el año 27 de nuestra era, cumplían exactamente la predicción. En medio de la
septuagésima semana, el Mesías había de ser muerto. Tres años y medio después de su bautismo, Cristo fue
crucificado, en la primavera del año 31. Las setenta semanas, o 490 años, les tocaban especialmente a los
judíos. Al fin del período, la nación selló su rechazamiento de Cristo con la persecución de sus discípulos,
y los apóstoles se volvieron hacia los gentiles en el año 34 de nuestra era. Habiendo terminado entonces los
490 primeros años de los 2.300, quedaban aún 1.810 años. Contando desde el año 34, 1.810 años llegan a
1844. "Entonces -había dicho el ángel- será purificado el Santuario." Era indudable que todas las anteriores
predicciones de la profecía se habían cumplido en el tiempo señalado.
En ese cálculo, todo era claro y armonioso, menos la circunstancia de que en 1844 no se veía
acontecimiento alguno que correspondiese a la purificación del santuario. Negar que los días terminaban en
esa fecha equivalía a confundir todo el asunto y a abandonar creencias fundadas en el cumplimiento
indudable de las profecías.
Pero Dios había dirigido a su pueblo en el gran movimiento adventista; su poder y su gloria habían
acompañado la obra, y él no permitiría que ésta terminase en la obscuridad y en un chasco, para que se la
cubriese de oprobio como si fuese una mera excitación mórbida y producto del fanatismo. No iba a dejar
463 su Palabra envuelta en dudas e incertidumbres. Aunque muchos abandonaron sus primeros cálculos de
los períodos proféticos, y negaron la exactitud del movimiento basado en ellos, otros no estaban dispuestos
a negar puntos de fe y de experiencia que estaban sostenidos por las Sagradas Escrituras y por el testimonio
del Espíritu de Dios. Creían haber adoptado en sus estudios de las profecías sanos principios de
interpretación, y que era su deber atenerse firmemente a las verdades ya adquiridas, y seguir en el mismo
camino de la investigación bíblica. Orando con fervor, volvieron a considerar su situación, y estudiaron las
Santas Escrituras para descubrir su error. Como no encontraran ninguno en sus cálculos de los períodos
proféticos, fueron inducidos a examinar más de cerca la cuestión del santuario.
En sus investigaciones vieron que en las Santas Escrituras no hay prueba alguna en apoyo de la creencia
general de que la tierra es el santuario; pero encontraron en la Biblia una explicación completa de la
cuestión del santuario, su naturaleza, su situación y sus servicios; pues el testimonio de los escritores
sagrados era tan claro y tan amplio que despejaba este asunto de toda duda. El apóstol Pablo dice en su
Epístola a los Hebreos: "En verdad el primer pacto también tenía reglamentos del culto, y su santuario que
lo era de este mundo. Porque un tabernáculo fue preparado, el primero, en que estaban el candelabro y la
mesa y los panes de la proposición; el cual se llama el Lugar Santo. Y después del segundo velo, el
tabernáculo que se llama el Lugar Santísimo: que contenía el incensario de oro y el arca del pacto, cubierta
toda en derredor de oro, en la cual estaba el vaso de oro que contenía el maná, y la vara de Aarón que
floreció, y las tablas del pacto; y sobre ella, los querubines de gloria, que hacían sombra al propiciatorio."
(Hebreos 9: 1-5, V.M.)
El santuario al cual se refiere aquí San Pablo era el tabernáculo construido por Moisés a la orden de Dios
como morada terrenal del Altísimo. "Me harán un santuario, para que yo 464 habite en medio de ellos"
(Éxodo 25: 8, V.M.), había sido la orden dada a Moisés mientras estaba en el monte con Dios. Los
israelitas estaban peregrinando por el desierto, y el tabernáculo se preparó de modo que pudiese ser llevado
de un lugar a otro; no obstante era una construcción de gran magnificencia. Sus paredes consistían en
tablones ricamente revestidos de oro y asegurados en basas de plata, mientras que el techo se componía de
una serie de cortinas o cubiertas, las de fuera de pieles, y las interiores de lino fino magníficamente
recamado con figuras de querubines. A más del atrio exterior, donde se encontraba el altar del holocausto,
el tabernáculo propiamente dicho consistía en dos departamentos llamados el lugar santo y el lugar
santísimo, separados por rica y magnífica cortina, o velo; otro velo semejante cerraba la entrada que
conducía al primer departamento.
En el lugar santo se encontraba hacia el sur el candelabro, con sus siete lámparas que alumbraban el
santuario día y noche; hacia el norte estaba la mesa de los panes de la proposición; y ante el velo que
separaba el lugar santo del santísimo estaba el altar de oro para el incienso, del cual ascendía diariamente a
Dios una nube de sahumerio junto con las oraciones de Israel.
En el lugar santísimo se encontraba el arca, cofre de madera preciosa cubierta de oro, depósito de las dos
tablas de piedra sobre las cuales Dios había grabado la ley de los diez mandamientos. Sobre el arca, a guisa
de cubierta del sagrado cofre, estaba el propiciatorio, verdadera maravilla artística, coronada por dos
querubines, uno en cada extremo y todo de oro macizo. En este departamento era donde se manifestaba la
presencia divina en la nube de gloria entre los querubines.
Después que los israelitas se hubieron establecido en Canaán el tabernáculo fue reemplazado por el templo
de Salomón, el cual, aunque edificio permanente y de mayores dimensiones, conservaba las mismas
proporciones y el mismo amueblado. El santuario subsistió así -menos durante el plazo 465 en que
permaneció en ruinas en tiempo de Daniel- hasta su destrucción por los romanos, en el año 70 de nuestra
era.
Tal fue el único santuario que haya existido en la tierra y del cual la Biblia nos dé alguna información. San
Pablo dijo de él que era el santuario del primer pacto. Pero ¿no tiene el nuevo pacto también el suyo?
Volviendo al libro de los Hebreos, los que buscaban la verdad encontraron que existía un segundo
santuario, o sea el del nuevo pacto, al cual se alude en las palabras ya citadas del apóstol Pablo: "En verdad
el primer pacto también tenía reglamentos del culto, y su santuario que lo era de este mundo." El uso de la
palabra "también" implica que San Pablo ha hecho antes mención de este santuario. Volviendo al principio
del capítulo anterior, se lee: "Lo principal, pues, entre las cosas que decimos es esto: Tenemos un tal sumo
sacerdote que se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y del
verdadero tabernáculo, que plantó el Señor, y no el hombre." (Hebreos 8: 1, 2, V.M.)
Aquí tenemos revelado el santuario del nuevo pacto. El santuario del primer pacto fue asentado por el
hombre, construido por Moisés; éste segundo es asentado por el Señor, no por el hombre. En aquel
santuario los sacerdotes terrenales desempeñaban el servicio; en éste es Cristo, nuestro gran Sumo
Sacerdote, quien ministra a la diestra de Dios. Uno de los santuarios estaba en la tierra, el otro está en el
cielo.
Además, el tabernáculo construido por Moisés fue hecho según un modelo. El Señor le ordenó: "Conforme
a todo lo que yo te mostrare, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus vasos, así lo haréis." Y le
mandó además: "Mira, y hazlos conforme a su modelo, que te ha sido mostrado en el monte." (Éxodo 25:
9, 40.) Y San Pablo dice que el primer tabernáculo "era una parábola para aquel tiempo entonces presente;
conforme a la cual se ofrecían dones y sacrificios;" que sus santos lugares eran "representaciones de las
cosas celestiales;" que los sacerdotes que presentaban las ofrendas 466 según la ley, ministraban lo que era
"la mera representación y sombra de las cosas celestiales," y que "no entró Cristo en un lugar santo hecho
de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora
delante de Dios por nosotros." (Hebreos 9: 9, 23; 8: 5; 9: 24, V.M.)
El santuario celestial, en el cual Jesús ministra, es el gran modelo, del cual el santuario edificado por
Moisés no era más que trasunto. Dios puso su Espíritu sobre los que construyeron el santuario terrenal. La
pericia artística desplegada en su construcción fue una manifestación de la sabiduría divina. Las paredes
tenían aspecto de oro macizo, y reflejaban en todas direcciones la luz de las siete lámparas del candelero de
oro. La mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso relucían como oro bruñido. La magnífica
cubierta que formaba el techo, recamada con figuras de ángeles, en azul, púrpura y escarlata, realzaba la
belleza de la escena. Y más allá del segundo velo estaba la santa shekina, la manifestación visible de la
gloria de Dios, ante la cual sólo el sumo sacerdote podía entrar y sobrevivir.
El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria de aquel templo
celestial donde Cristo nuestro precursor ministra por nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de
reyes, donde miles y miles ministran delante de él, y millones de millones están en su presencia (Daniel
7:10); ese templo, lleno de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren
sus rostros en adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edificaran manos
humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su gloria. Con todo, el santuario terrenal y sus
servicios revelaban importantes verdades relativas al santuario celestial y a la gran obra que se llevaba allí
a cabo para la redención del hombre.
Los lugares santos del santuario celestial están representados por los dos departamentos del santuario
terrenal. Cuando 467 en una visión le fue dado al apóstol Juan que viese el templo de Dios en el cielo,
contempló allí "siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono." (Apocalipsis 4: 5, V.M.) Vio un ángel
que tenía "en su mano un incensario de oro; y le fue dado mucho incienso, para que lo añadiese a las
oraciones de todos los santos, encima del altar de oro que estaba delante del trono." (Apocalipsis 8: 3,
V.M.) Se le permitió al profeta contemplar el primer departamento del santuario en el cielo; y vio allí las
"siete lámparas de fuego" y el "altar de oro" representados por el candelabro de oro y el altar de incienso en
el santuario terrenal. De nuevo, "fue abierto el templo de Dios" (Apocalipsis 11: 19, V.M.), y miró hacia
adentro del velo interior, el lugar santísimo. Allí vio "el arca de su pacto," representada por el cofre sagrado
construido por Moisés para guardar la ley de Dios.
Así fue como los que estaban estudiando ese asunto encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un
santuario en el cielo. Moisés hizo el santuario terrenal según un modelo que le fue enseñado. San Pablo
declara que ese modelo era el verdadero santuario que está en el cielo. Y San Juan afirma que lo vio en el
cielo.
En el templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en juicio y en justicia. En el lugar
santísimo está su ley, la gran regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que
contiene las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual Cristo ofrece su sangre a favor
del pecador. Así se representa la unión de la justicia y de la misericordia en el plan de la redención
humana. Sólo la sabiduría infinita podía idear semejante unión, y sólo el poder infinito podía realizarla; es
una unión que llena todo el cielo de admiración y adoración. Los querubines del santuario terrenal que
miraban reverentemente hacia el propiciatorio, representaban el interés con el cual las huestes celestiales
contemplan la obra de redención. Es el misterio de misericordia que los ángeles desean contemplar, a
saber: que Dios puede 468 ser justo al mismo tiempo que justifica al pecador arrepentido y reanuda sus
relaciones con la raza caída; que Cristo pudo humillarse para sacar a innumerables multitudes del abismo
de la perdición y revestirlas con las vestiduras inmaculadas de su propia justicia, a fin de unirlas con
ángeles que no cayeron jamás y permitirles vivir para siempre en la presencia de Dios.
La obra mediadora de Cristo en favor del hombre se presenta en esta hermosa profecía de Zacarías relativa
a Aquel "cuyo nombre es El Vástago." El profeta dice: "Sí, edificará el Templo de Jehová, y llevará sobre
sí la gloria; y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono; y el consejo de la paz
estará entre los dos." (Zacarías 6: 12, 13, V.M.)
"Sí, edificará el Templo de Jehová." Por su sacrificio y su mediación, Cristo es el fundamento y el
edificador de la iglesia de Dios. El apóstol Pablo le señala como "la piedra principal del ángulo: en la cual
todo el edificio, bien trabado consigo mismo, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien -
dice- vosotros también sois edificados juntamente, para ser morada de Dios, en virtud del Espíritu."
(Efesios 2: 20-22, V.M.)
"Y llevará sobre sí la gloria." Es a Cristo a quien pertenece la gloria de la redención de la raza caída. Por
toda la eternidad, el canto de los redimidos será: "A Aquel que nos ama, y nos ha lavado de nuestros
pecados en su misma sangre, . . . a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos." (Apocalipsis 1:
5, 6, V.M.)
"Y se sentará y reinará sobre su trono, siendo Sacerdote sobre su trono." No todavía "sobre el trono de su
gloria;" el reino de gloria no le ha sido dado aún. Solo cuando su obra mediadora haya terminado, "le dará
el Señor Dios el trono de David su padre," un reino del que "no habrá fin." (S. Lucas 1: 32, 33.) Como
sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. (Apocalipsis 3: 21.) En el trono, en compañía
469 del Dios eterno que existe por sí mismo, está Aquel que "ha llevado nuestros padecimientos, y con
nuestros dolores . . . se cargó," quien fue "tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin pecado," para
que pudiese "también socorrer a los que son tentados." "Si alguno pecare, abogado tenemos para con el
Padre, a saber, a Jesucristo el justo. " (Isaías 53: 4; Hebreos 4: 15; 2: 18; 1 Juan 2: 1, V.M.) Su intercesión
es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida inmaculada. Las manos heridas, el costado
abierto, los pies desgarrados, abogan en favor del hombre caído, cuya redención fue comprada a tan
infinito precio.
"Y el consejo de la paz estará entre los dos." El amor del Padre, no menos que el del Hijo, es la fuente de
salvación para la raza perdida. Jesús había dicho a sus discípulos antes de irse: "No os digo, que yo rogaré
al Padre por vosotros; pues el mismo Padre os ama." (S. Juan 16: 26, 27.) "Dios estaba en Cristo,
reconciliando consigo mismo al mundo." (2 Corintios 5: 19, V.M.) Y en el ministerio del santuario
celestial, "el consejo de la paz estará entre los dos." "De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna." (S. Juan 3: 16, V.M.)
Las Escrituras contestan con claridad a la pregunta: ¿Qué es el santuario? La palabra "santuario," tal cual la
usa la Biblia, se refiere, en primer lugar, al tabernáculo que construyó Moisés, como figura o imagen de las
cosas celestiales; y, en segundo lugar, al "verdadero tabernáculo" en el cielo, hacia el cual señalaba el
santuario terrenal. Muerto Cristo, terminó el ritual típico. El "verdadero tabernáculo" en el cielo es el
santuario del nuevo pacto. Y como la profecía de Daniel 8:14 se cumple en esta dispensación, el santuario
al cual se refiere debe ser el santuario del nuevo pacto. Cuando terminaron los 2.300 días, en 1844, hacía
muchos siglos que no había santuario en la tierra. De manera que la profecía: "Hasta dos mil y trescientas
tardes y mañanas; entonces será purificado el 470 Santuario," se refiere indudablemente al santuario que
está en el cielo.
Pero queda aún la pregunta más importante por contestar: ¿Qué es la purificación del santuario? En el
Antiguo Testamento se hace mención de un servicio tal con referencia al santuario terrenal. ¿Pero puede
haber algo que purificar en el cielo? En el noveno capítulo de la Epístola a los Hebreos, se menciona
claramente la purificación de ambos santuarios, el terrenal y el celestial. "Según la ley, casi todas las cosas
son purificadas con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay remisión. Fue pues necesario que las
representaciones de las cosas celestiales fuesen purificadas con estos sacrificios, pero las mismas cosas
celestiales, con mejores sacrificios que éstos" (Hebreos 9: 22, 23, V.M.), a saber, la preciosa sangre de
Cristo.
En ambos servicios, el típico y el real, la purificación debe efectuarse con sangre; en aquél con sangre de
animales; en éste, con la sangre de Cristo. San Pablo dice que la razón por la cual esta purificación debe
hacerse con sangre, es porque sin derramamiento de sangre no hay remisión. La remisión, o sea el acto de
quitar los pecados, es la obra que debe realizarse. ¿Pero como podía relacionarse el pecado con el santuario
del cielo o con el de la tierra? Puede saberse esto estudiando el servicio simbólico, pues los sacerdotes que
oficiaban en la tierra, ministraban "lo que es la mera representación y sombra de las cosas celestiales."
(Hebreos 8: 5, V.M.)
El servicio del santuario terrenal consistía en dos partes; los sacerdotes ministraban diariamente en el lugar
santo, mientras que una vez al año el sumo sacerdote efectuaba un servicio especial de expiación en el
lugar santísimo, para purificar el santuario. Día tras día el pecador arrepentido llevaba su ofrenda a la
puerta del tabernáculo, y poniendo la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados,
transfiriéndolos así figurativamente de sí mismo a la víctima inocente. Luego se mataba el animal. "Sin
derramamiento de sangre," dice el apóstol, no hay remisión de pecados. "La vida de la carne en 471 la
sangre está." (Levítico 17: 11.) La ley de Dios quebrantada exigía la vida del transgresor. La sangre, que
representaba la vida comprometida del pecador, cuya culpa cargaba la víctima, la llevaba el sacerdote al
lugar santo y la salpicaba ante el velo, detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador
había transgredido. Mediante esta ceremonia, el pecado era transferido figurativamente, por intermedio de
la sangre, al santuario. En ciertos casos, la sangre no era llevada al lugar santo; pero el sacerdote debía
entonces comer la carne, como Moisés lo había mandado a los hijos de Aarón, diciendo: "Dióla él a
vosotros para llevar la iniquidad de la congregación." (Levítico 10: 17.) Ambas ceremonias simbolizaban
por igual la transferencia del pecado del penitente al santuario.
Tal era la obra que se llevaba a cabo día tras día durante todo el año. Los pecados de Israel eran
transferidos así al santuario, y se hacía necesario un servicio especial para eliminarlos. Dios mandó que se
hiciera una expiación por cada uno de los departamentos sagrados. "Así hará expiación por el Santuario, a
causa de las inmundicias de los hijos de Israel y de sus transgresiones, con motivo de todos sus pecados. Y
del mismo modo hará con el Tabernáculo de Reunión, que reside con ellos, en medio de sus inmundicias."
Debía hacerse también una expiación por el altar: "Lo purificará y lo santificará, a causa de las inmundicias
de los hijos de Israel." (Levítico 16: 16, 19, V.M.)
Una vez al año, en el gran día de las expiaciones, el sacerdote entraba en el lugar santísimo para purificar el
santuario. El servicio que se realizaba allí completaba la serie anual de los servicios. En el día de las
expiaciones se llevaban dos machos cabríos a la entrada del tabernáculo y se echaban suertes sobre ellos,
"la una suerte para Jehová y la otra para Azazel." (Vers. 8.) El macho cabrío sobre el cual caía la suerte
para Jehová debía ser inmolado como ofrenda por el pecado del pueblo. Y el sacerdote debía llevar velo
adentro la sangre de aquél y rociarla sobre el propiciatorio y delante de él. También había 472 que rociar
con ella el altar del incienso, que se encontraba delante del velo.
"Y pondrá Aarón entrambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las
iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus transgresiones, a causa de todos sus pecados, cargándolos así
sobre la cabeza del macho cabrío, y le enviará al desierto por mano de un hombre idóneo. Y el macho
cabrío llevará sobre sí las iniquidades de ellos a tierra inhabitada." (Levítico 16: 21, 22, V.M.) El macho
cabrío emisario no volvía al real de Israel, y el hombre que lo había llevado afuera debía lavarse y lavar sus
vestidos con agua antes de volver al campamento.
Toda la ceremonia estaba destinada a inculcar a los israelitas una idea de la santidad de Dios y de su odio al
pecado; y además hacerles ver que no podían ponerse en contacto con el pecado sin contaminarse. Se
requería de todos que afligiesen sus almas mientras se celebraba el servicio de expiación. Toda ocupación
debía dejarse a un lado, y toda la congregación de Israel debía pasar el día en solemne humillación ante
Dios, con oración, ayuno y examen profundo del corazón.
El servicio típico enseña importantes verdades respecto a la expiación. Se aceptaba un substituto en lugar
del pecador; pero la sangre de la víctima no borraba el pecado. Sólo proveía un medio para transferirlo al
santuario. Con la ofrenda de sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba su culpa, y
expresaba su deseo de ser perdonado mediante la fe en un Redentor por venir; pero no estaba aún
enteramente libre de la condenación de la ley. El día de la expiación, el sumo sacerdote, después de haber
tomado una víctima ofrecida por la congregación, iba al lugar santísimo con la sangre de dicha víctima y
rociaba con ella el propiciatorio, encima mismo de la ley, para dar satisfacción a sus exigencias. Luego, en
calidad de mediador, tomaba los pecados sobre sí y los llevaba fuera del santuario. Poniendo sus manos
sobre la cabeza del segundo macho cabrío, confesaba sobre él todos esos pecados, transfiriéndolos 473 así
figurativamente de él al macho cabrío emisario. Este los llevaba luego lejos y se los consideraba como si
estuviesen para siempre quitados y echados lejos del pueblo.
Tal era el servicio que se efectuaba como "mera representación y sombra de las cosas celestiales." Y lo que
se hacía típicamente en el santuario terrenal, se hace en realidad en el santuario celestial. Después de su
ascensión, nuestro Salvador empezó a actuar como nuestro Sumo Sacerdote. San Pablo dice: "No entró
Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo
mismo, para presentarse ahora delante de Dios por nosotros." (Hebreos 9: 24, V.M.)
El servicio del sacerdote durante el año en el primer departamento del santuario, "adentro del velo" que
formaba la entrada y separaba el lugar santo del atrio exterior, representa la obra y el servicio a que dio
principio Cristo al ascender al cielo. La obra del sacerdote en el servicio diario consistía en presentar ante
Dios la sangre del holocausto, como también el incienso que subía con las oraciones de Israel. Así es como
Cristo ofrece su sangre ante el Padre en beneficio de los pecadores, y así es como presenta ante él, además,
junto con el precioso perfume de su propia justicia, las oraciones de los creyentes arrepentidos. Tal era la
obra desempeñada en el primer departamento del santuario en el cielo.
Hasta allí siguieron los discípulos a Cristo por la fe cuando se elevó de la presencia de ellos. Allí se
concentraba su esperanza, "la cual -dice San Pablo- tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que
penetra hasta a lo que está dentro del velo; adonde, como precursor nuestro, Jesús ha entrado por nosotros,
constituido sumo sacerdote para siempre." "Ni tampoco por medio de la sangre de machos de cabrío y de
terneros, sino por la virtud de su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santo, habiendo ya
hallado eterna redención." (Hebreos 6: 19, 20; 9: 12, V.M.)
Este ministerio siguió efectuándose durante dieciocho 474 siglos en el primer departamento del santuario.
La sangre de Cristo, ofrecida en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba perdón y aceptación
cerca del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los libros de registro. Como en el
servicio típico había una obra de expiación al fin del año, así también, antes de que la obra de Cristo para la
redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para quitar el pecado del
santuario. Este es el servicio que empezó cuando terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había
anunciado Daniel el profeta, nuestro Sumo Sacerdote entró en el lugar santísimo, para cumplir la última
parte de su solemne obra: la purificación del santuario.
Así como en la antigüedad los pecados del pueblo eran puestos por fe sobre la víctima ofrecida, y por la
sangre de ésta se transferían figurativamente al santuario terrenal, así también, en el nuevo pacto, los
pecados de los que se arrepienten son puestos por fe sobre Cristo, y transferidos, de hecho, al santuario
celestial. Y así como la purificación típica de lo terrenal se efectuaba quitando los pecados con los cuales
había sido contaminado, así también la purificación real de lo celestial debe efectuarse quitando o borrando
los pecados registrados en el cielo. Pero antes de que esto pueda cumplirse deben examinarse los registros
para determinar quiénes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe en Cristo, tienen derecho a
los beneficios de la expiación cumplida por él. La purificación del santuario implica por lo tanto una obra
de investigación- una obra de juicio. Esta obra debe realizarse antes de que venga Cristo para redimir a su
pueblo, pues cuando venga, su galardón está con él, para que pueda otorgar la recompensa a cada uno
según haya sido su obra. (Apocalipsis 22:12.)
Así que los que andaban en la luz de la palabra profética vieron que en lugar de venir a la tierra al fin de
los 2.300 días, en 1844, Cristo entró entonces en el lugar santísimo del santuario 475 celestial para cumplir
la obra final de la expiación preparatoria para su venida.
Se vio además que, mientras que el holocausto señalaba a Cristo como sacrificio, y el sumo sacerdote
representaba a Cristo como mediador, el macho cabrío simbolizaba a Satanás, autor del pecado, sobre
quien serán colocados finalmente los pecados de los verdaderamente arrepentidos. Cuando el sumo
sacerdote, en virtud de la sangre del holocausto, quitaba los pecados del santuario, los ponía sobre la
cabeza del macho cabrío para Azazel. Cuando Cristo, en virtud de su propia sangre, quite del santuario
celestial los pecados de su pueblo al fin de su ministerio, los pondrá sobre Satanás, el cual en la
consumación del juicio debe cargar con la pena final. El macho cabrío era enviado lejos a un lugar desierto,
para no volver jamás a la congregación de Israel. Así también Satanás será desterrado para siempre de la
presencia de Dios y de su pueblo, y será aniquilado en la destrucción final del pecado y de los pecadores.
El Conflicto de los Siglos
Elena de white
lunes, 15 de noviembre de 2010
José interpreta el sueño de Faraón
Génesis 41
1 Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño. Le parecía que estaba junto al río;
2 y que del río subían siete vacas, hermosas a la vista, y muy gordas, y pacían en el prado.
3 Y que tras ellas subían del río otras siete vacas de feo aspecto y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas a la orilla del río;
4 y que las vacas de feo aspecto y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón.
5 Se durmió de nuevo, y soñó la segunda vez: Que siete espigas llenas y hermosas crecían de una sola caña,
6 y que después de ellas salían otras siete espigas menudas y abatidas del viento solano;
7 y las siete espigas menudas devoraban a las siete espigas gruesas y llenas. Y despertó Faraón, y he aquí que era sueño.
8 Sucedió que por la mañana estaba agitado su espíritu, y envió e hizo llamar a todos los magos de Egipto, y a todos sus sabios; y les contó Faraón sus sueños, mas no había quien los pudiese interpretar a Faraón.
9 Entonces el jefe de los coperos habló a Faraón, diciendo: Me acuerdo hoy de mis faltas.
10 Cuando Faraón se enojó contra sus siervos, nos echó a la prisión de la casa del capitán de la guardia a mí y al jefe de los panaderos.
11 Y él y yo tuvimos un sueño en la misma noche, y cada sueño tenía su propio significado.
12 Estaba allí con nosotros un joven hebreo, siervo del capitán de la guardia; y se lo contamos, y él nos interpretó nuestros sueños, y declaró a cada uno conforme a su sueño.
13 Y aconteció que como él nos los interpretó, así fue: yo fui restablecido en mi puesto, y el otro fue colgado.
14 Entonces Faraón envió y llamó a José. Y lo sacaron apresuradamente de la cárcel, y se afeitó, y mudó sus vestidos, y vino a Faraón.
15 Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos.
16 Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón.
17 Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río;
18 y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado.
19 Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto; tan extenuadas, que no he visto otras semejantes en fealdad en toda la tierra de Egipto.
20 Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas;
21 y éstas entraban en sus entrañas, mas no se conocía que hubiesen entrado, porque la apariencia de las flacas era aún mala, como al principio. Y yo desperté.
22 Vi también soñando, que siete espigas crecían en una misma caña, llenas y hermosas.
23 Y que otras siete espigas menudas, marchitas, abatidas del viento solano, crecían después de ellas;
24 y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas; y lo he dicho a los magos, mas no hay quien me lo interprete.
25 Entonces respondió José a Faraón: El sueño de Faraón es uno mismo; Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer.
26 Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo.
27 También las siete vacas flacas y feas que subían tras ellas, son siete años; y las siete espigas menudas y marchitas del viento solano, siete años serán de hambre.
28 Esto es lo que respondo a Faraón. Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón.
29 He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.
30 Y tras ellos seguirán siete años de hambre; y toda la abundancia será olvidada en la tierra de Egipto, y el hambre consumirá la tierra.
31 Y aquella abundancia no se echará de ver, a causa del hambre siguiente la cual será gravísima.
32 Y el suceder el sueño a Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios, y que Dios se apresura a hacerla.
33 Por tanto, provéase ahora Faraón de un varón prudente y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto.
34 Haga esto Faraón, y ponga gobernadores sobre el país, y quinte la tierra de Egipto en los siete años de la abundancia.
35 Y junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, y recojan el trigo bajo la mano de Faraón para mantenimiento de las ciudades; y guárdenlo.
36 Y esté aquella provisión en depósito para el país, para los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto; y el país no perecerá de hambre.
Bendiciones
1 Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño. Le parecía que estaba junto al río;
2 y que del río subían siete vacas, hermosas a la vista, y muy gordas, y pacían en el prado.
3 Y que tras ellas subían del río otras siete vacas de feo aspecto y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas a la orilla del río;
4 y que las vacas de feo aspecto y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón.
5 Se durmió de nuevo, y soñó la segunda vez: Que siete espigas llenas y hermosas crecían de una sola caña,
6 y que después de ellas salían otras siete espigas menudas y abatidas del viento solano;
7 y las siete espigas menudas devoraban a las siete espigas gruesas y llenas. Y despertó Faraón, y he aquí que era sueño.
8 Sucedió que por la mañana estaba agitado su espíritu, y envió e hizo llamar a todos los magos de Egipto, y a todos sus sabios; y les contó Faraón sus sueños, mas no había quien los pudiese interpretar a Faraón.
9 Entonces el jefe de los coperos habló a Faraón, diciendo: Me acuerdo hoy de mis faltas.
10 Cuando Faraón se enojó contra sus siervos, nos echó a la prisión de la casa del capitán de la guardia a mí y al jefe de los panaderos.
11 Y él y yo tuvimos un sueño en la misma noche, y cada sueño tenía su propio significado.
12 Estaba allí con nosotros un joven hebreo, siervo del capitán de la guardia; y se lo contamos, y él nos interpretó nuestros sueños, y declaró a cada uno conforme a su sueño.
13 Y aconteció que como él nos los interpretó, así fue: yo fui restablecido en mi puesto, y el otro fue colgado.
14 Entonces Faraón envió y llamó a José. Y lo sacaron apresuradamente de la cárcel, y se afeitó, y mudó sus vestidos, y vino a Faraón.
15 Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos.
16 Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón.
17 Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río;
18 y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado.
19 Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto; tan extenuadas, que no he visto otras semejantes en fealdad en toda la tierra de Egipto.
20 Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas;
21 y éstas entraban en sus entrañas, mas no se conocía que hubiesen entrado, porque la apariencia de las flacas era aún mala, como al principio. Y yo desperté.
22 Vi también soñando, que siete espigas crecían en una misma caña, llenas y hermosas.
23 Y que otras siete espigas menudas, marchitas, abatidas del viento solano, crecían después de ellas;
24 y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas; y lo he dicho a los magos, mas no hay quien me lo interprete.
25 Entonces respondió José a Faraón: El sueño de Faraón es uno mismo; Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer.
26 Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo.
27 También las siete vacas flacas y feas que subían tras ellas, son siete años; y las siete espigas menudas y marchitas del viento solano, siete años serán de hambre.
28 Esto es lo que respondo a Faraón. Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón.
29 He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.
30 Y tras ellos seguirán siete años de hambre; y toda la abundancia será olvidada en la tierra de Egipto, y el hambre consumirá la tierra.
31 Y aquella abundancia no se echará de ver, a causa del hambre siguiente la cual será gravísima.
32 Y el suceder el sueño a Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios, y que Dios se apresura a hacerla.
33 Por tanto, provéase ahora Faraón de un varón prudente y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto.
34 Haga esto Faraón, y ponga gobernadores sobre el país, y quinte la tierra de Egipto en los siete años de la abundancia.
35 Y junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, y recojan el trigo bajo la mano de Faraón para mantenimiento de las ciudades; y guárdenlo.
36 Y esté aquella provisión en depósito para el país, para los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto; y el país no perecerá de hambre.
Bendiciones
sábado, 6 de noviembre de 2010
LA CLARA HISTORIA
Guarda, ¿qué de la noche? El guarda respondió: La mañana viene, y después la
noche; preguntad si queréis, preguntad; volved, venid. (Isa. 21: 11 úp. 12).
La comprensión de la esperanza en la segunda venida de Cristo es la clave que
abre toda la historia futura, y explica todas las lecciones del porvenir.
Ahora debe oírse a lo largo de toda la línea la voz del centinela: "La mañana viene,
y después la noche". La trompeta debe producir una nota certera porque estamos
en el gran día de la preparación del Señor.
Las verdades de la profecía están unidas, y al estudiarlas, forman un hermoso
conjunto de verdades prácticas. Todos los discursos que damos han de revelar
claramente que estamos esperando, trabajando y orando por la venida del Hijo de
Dios. Su venida es nuestra esperanza. Esta esperanza ha de estar vinculada con
todas nuestras palabras y obras, con todas nuestras asociaciones y relaciones. . .
La segunda venida del Hijo del hombre ha de ser el tema maravilloso que se
mantenga ante la gente. He aquí un tema que no debe descartarse de nuestros
discursos. Las realidades eternas deben mantenerse ante la mente, y las
atracciones del mundo aparecerán como son, completamente inútiles, como
vanidades. ¿Qué hemos de hacer con las vanidades del mundo, sus alabanzas,
sus riquezas, sus honores, o sus placeres?
Somos peregrinos y extranjeros que esperamos la bienaventurada esperanza, la
manifestación gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y oramos por ella.
Si creemos esto y lo manifestamos en nuestra vida práctica, ¡qué acción vigorosa
inspirarán esta fe y esta esperanza; qué ferviente amor mutuo; qué vida cuidadosa
y santa para la gloria de Dios; y en el respeto que manifestemos por la
remuneración, qué nítidas líneas de demarcación nos distinguirán con evidencia
del mundo!
La verdad de que Cristo viene debe ser mantenida ante toda mente.
*
Feliz Sabado!
noche; preguntad si queréis, preguntad; volved, venid. (Isa. 21: 11 úp. 12).
La comprensión de la esperanza en la segunda venida de Cristo es la clave que
abre toda la historia futura, y explica todas las lecciones del porvenir.
Ahora debe oírse a lo largo de toda la línea la voz del centinela: "La mañana viene,
y después la noche". La trompeta debe producir una nota certera porque estamos
en el gran día de la preparación del Señor.
Las verdades de la profecía están unidas, y al estudiarlas, forman un hermoso
conjunto de verdades prácticas. Todos los discursos que damos han de revelar
claramente que estamos esperando, trabajando y orando por la venida del Hijo de
Dios. Su venida es nuestra esperanza. Esta esperanza ha de estar vinculada con
todas nuestras palabras y obras, con todas nuestras asociaciones y relaciones. . .
La segunda venida del Hijo del hombre ha de ser el tema maravilloso que se
mantenga ante la gente. He aquí un tema que no debe descartarse de nuestros
discursos. Las realidades eternas deben mantenerse ante la mente, y las
atracciones del mundo aparecerán como son, completamente inútiles, como
vanidades. ¿Qué hemos de hacer con las vanidades del mundo, sus alabanzas,
sus riquezas, sus honores, o sus placeres?
Somos peregrinos y extranjeros que esperamos la bienaventurada esperanza, la
manifestación gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y oramos por ella.
Si creemos esto y lo manifestamos en nuestra vida práctica, ¡qué acción vigorosa
inspirarán esta fe y esta esperanza; qué ferviente amor mutuo; qué vida cuidadosa
y santa para la gloria de Dios; y en el respeto que manifestemos por la
remuneración, qué nítidas líneas de demarcación nos distinguirán con evidencia
del mundo!
La verdad de que Cristo viene debe ser mantenida ante toda mente.
*
Feliz Sabado!
lunes, 1 de noviembre de 2010
Génesis 6
La maldad de los hombres 1 Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas,
2 que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas.
3 Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.
4 Había gigantes en la tierra en aquellos días,y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antig:uedad fueron varones de renombre.
5 Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
6 Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.
7 Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.
8 Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.
Noé construye el arca 9 Estas son las generaciones de Noé: Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé.
10 Y engendró Noé tres hijos: a Sem, a Cam y a Jafet.
11 Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia.
12 Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra.
13 Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.
14 Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera.
15 Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura.
16 Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero.
17 Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá.
18 Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo.
19 Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán.
20 De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida.
21 Y toma contigo de todo alimento que se come, y almacénalo, y servirá de sustento para ti y para ellos.
22 Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó.
Bendiciones
La maldad de los hombres 1 Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas,
2 que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas.
3 Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.
4 Había gigantes en la tierra en aquellos días,y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antig:uedad fueron varones de renombre.
5 Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
6 Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.
7 Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.
8 Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.
Noé construye el arca 9 Estas son las generaciones de Noé: Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé.
10 Y engendró Noé tres hijos: a Sem, a Cam y a Jafet.
11 Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia.
12 Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra.
13 Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.
14 Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera.
15 Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura.
16 Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero.
17 Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá.
18 Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo.
19 Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán.
20 De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida.
21 Y toma contigo de todo alimento que se come, y almacénalo, y servirá de sustento para ti y para ellos.
22 Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó.
Bendiciones
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
